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zolero (Spain)

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EQUILIBRIO

Por Wesker

1

Elena Tosceni, de quince años, era una chica del montón. En el instituto pasaba tan desapercibida como cualquier otra chica. Lucía una media melena morena y lisa peinada de modo vulgar, casi desdeñoso; ojos castaños que, tanto con gafas como sin ellas, eran apagados, sin un ápice de intensidad; piel algo pálida, algún que otro lunar en el rostro. Nunca llevaba pendientes, ni pulseras o collares, aunque como nadie se fijaba en ella, nadie habría podido jurar que esto siempre fuese así.

Su forma de vestir era siempre el mismo. Un abrigo, un suéter bajo una blusa o una camiseta, pantalón vaquero o de pana –nunca ceñido- y zapatos negros; de vez en cuando variaban los colores de sus prendas, pero siempre eran colores apagados y poco llamativos. La única excepción a su habitual vestimenta surgía los dos días a la semana en que tenía educación física, ocasiones en las cuales siempre llevaba el mismo chándal gris y los mismos deportivos blancos.

Los desconocidos que se molestaban en sacar alguna conclusión sobre ella, la calificaban de empollona, pero se equivocaban. Pese a aprobar todos los exámenes, sus notas iban del cinco al seis, y nunca sacaba ni más ni menos que esas dos cifras. En el instituto no había nadie que la apreciara, ni tampoco que la odiara. Lo único que sentían hacia ella era indiferencia. Era educada, de pocas palabras y jamás se le escuchó un comentario ocurrente, ni mucho menos, un chiste. Sus escasas sonrisas no iban nunca más allá de una breve curvación de sus labios. Si la rutina cobrara forma humana, ésa sería Elena Tosceni. Cada uno de sus actos era predecible y aburrido. Carecía de chispa, su paso de la infancia a la pubertad no parecía haber dejado huella alguna en su personalidad, o quizá en su falta de personalidad. Elena era como un neón que nadie se había molestado en arreglar, permanentemente apagado, invisible en medio de la luz.

Elena vivía en Gluvar, una pequeña aldea perteneciente al municipio de Abadín. Gluvar sería el último sitio que visitaría un turista. En realidad, ni siquiera parecía una aldea. Tendría unas once casas, en total, separadas en grupos de dos y de tres de tal modo que no parecían pertenecer a ningún lugar concreto. El único comercio que existía en Gluvar era una panadería. Aquel que quisiera salir a un bar, o sencillamente a comprar el periódico, tendría que recorrer media docena de kilómetros hasta el pueblo más cercano. De todos modos, excepto la familia de Elena, el resto de los aldeanos sobrepasaban los cincuenta años como poco.

Edelmiro y Olga, los padres de Elena, debían ser los únicos habitantes de Guvlar cuyos conocimientos iban más allá de sumar dos más dos. Edelmiro trabajaba de albañil y Olga de cocinera en un bar de mala muerte. La suerte no les había sonreído, pese a que ambos habían terminado el bachillerato, aunque ninguno tuvo la oportunidad de estudiar una carrera o un oficio. Estarían en peor situación, con deudas hasta las cejas, de no haber sido por la herencia del padre de Edelmiro, a saber, la casa donde ahora vivían y algo más de cuatro millones, suficiente para hacerles llorar de alegría. Con aquello se habían librado de los acreedores y habían avanzado todo lo que la fortuna les permitió. Cuando engendraron a Elena, lo hicieron convencidos de ser unos perdedores, de ser las fichas de un dios con una mala racha. Querían un hijo para que les alegrase la existencia, y producto de ese deprimente coito, nació Elena, que desde el principio demostró no estar hecha para dar alegrías ni tristezas a nadie. Era inútil tratar de alegrarla con regalos o muestras de cariño. Elena parecía una radio que siempre emitía parásitos, fuese cual fuese la frecuencia que se sintonizase. Era como si la negatividad de sus padres hubiese convergido en ella mientras su cuerpo se formaba en el vientre de su madre.

Sin embargo, cuatro años después del nacimiento de Elena, Edelmiro y Olga tuvieron un segundo hijo, Juan, un niño de aspecto algo enfermizo y carácter melancólico cuya vulnerable personalidad le convirtió en el centro de atención de los infelices padres. Era el hijo que deseaban, un hijo que necesitaba afecto en todo momento.

 

2

Aquel día de noviembre, Elena llegó a casa, con el abrigo abrochado hasta el cuello mojado por la lluvia. Cogió la llave de la puerta, escondida bajo el felpudo y entró en la casa, dejando el chorreante paraguas en un cubo que hacía las veces de paragüero. Como siempre, ella era la primera en llegar a casa, salvo los fines de semana. Sus padres no llegaban hasta altas horas de la noche a causa del trabajo, y Juan llegaría por la tarde, sobre las cuatro y media, ya que comía en el comedor del colegio y tenía clase por la tarde.

Elena era una chica de actos rutinarios y previsibles, así que verla llegar una vez a casa después de las clases era como verla todos los días. Fue directa a su dormitorio, dejó la carpeta sobre la cama con desgana, se sacó el abrigo y lo colgó en la silla del escritorio, y por último, se descalzó los zapatos negros y se puso unas zapatillas azules. Luego, fue al baño para vaciar la vejiga, se lavó las manos y se preparó la comida, decidiendo siempre lo más rápido y sencillo, en este caso, un bocadillo de jamón y queso con pan de molde y un vaso de leche fría. Se sentó frente a la mesa de la cocina y comió del modo que siempre hacía, masticando muy despacio hasta deshacer la comida y con la mirada perdida, dirigida hacia los azulejos verdes de la silenciosa cocina. Siempre comía así, al margen de si había o no alguien con ella.

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Cuando terminó, lavó el vaso, limpió las migas de pan y se dirigió a la sala de estar. Encendió la televisión, hizo zapping y acabó sintonizando un canal local donde emitían video clips. A Elena no le interesaba más la música que cualquier otra cosa, pero aborrecía los culebrones y los realityshows, aunque en apariencia mostraba la misma falta de interés por todo. Se dejó caer en el sofá y estuvo durante un rato mirando los vídeos con la mirada perdida, inmóvil, absorta en sus pensamientos. Al cabo de unos diez minutos, empezó a mover la mano izquierda (era zurda), la acercó a la pernera del pantalón, trepó sobre el muslo y se deslizó hasta el primer botón del pantalón de pana marrón. Lo desabrochó; luego, hizo lo mismo con el segundo, permitiendo ver el elástico de sus bragas blancas. Todavía le quedaban tres botones por desabrochar, pero los dejó. Deslizó cuatro dedos bajo el elástico, se acarició el vello púbico, alcanzó los labios vaginales, levemente húmedos de sudor y fluidos. Se los empezó a frotar, con lentitud pero presionando con creciente fuerza. Pronto los líquidos hicieron más maleables los labios vaginales y empaparon sus dedos. La máscara inexpresiva de Elena sufrió unos leves cambios; los labios delgados se entreabrieron, húmedos de saliva, exhalando unos jadeos casi inaudibles, los ojos adquirieron una expresión febril, incluso algo soñadora, aunque con un cierto matiz sombrío. Sus dedos pasaron al clítoris, lo frotó, lo exprimió entre sus dedos, casi con saña. Se le escapó un débil quejido. Mientras continuaba estimulándose el clítoris, moviendo las caderas al ritmo de la masturbación, la mano derecha se metió bajo la camiseta y el suéter, se acarició un par de veces el vientre algo blando, pero no abultado, antes de llegar a los breves senos; levantó las dos copas del sujetador sin pérdida de tiempo y se manoseó los pechos, alternando entre uno y otro; luego, se pellizcó los pezones, lo que provocó otro débil gemido. Se veía claramente que disfrutaba, auque su cuerpo no expresase todo el placer que sentía. O mejor dicho, el placer que ella sentía no motivaba a su cuerpo a moverse más. De todos modos, cualquiera que hubiera conocido a Elena no habría creído que la Elena semizombie que todos veían y la joven que se masturbaba en aquel sofá fuesen la misma persona. La hubieran encontrado demasiado humana.

Elena empezó a sentir algo parecido al deseo sexual hacia los once años, sin embargo, no sintió el impulso de autocomplacerse hasta algo más de un año después. Fue mientras se daba un baño, sintiéndose cómoda recostada en la bañera llena de agua templada, casi sin darse cuenta, su mano había empezado a moverse por su vagina. Pero el descubrimiento de aquel cosquilleo agradable, todavía tenue y lejano, apenas la impresionó. En realidad, no había nada que la motivase a sentir ninguna emoción fuerte. Pero de tanto en tanto, sentía curiosidad por aquel cosquilleo y poco a poco fue descubriendo que, según cómo moviese los dedos, aumentaba la intensidad de los cosquilleos. Lo cierto es que aún pasaron dos años antes de que su mente se molestase en tener en cuenta este detalle. Para entonces tenía catorce años, y durante el transcurso del año siguiente aquella curiosidad se convirtió en algo parecido a una necesidad. Para alguien de sangre tan fría como Elena, para la cual el mundo no tenía absolutamente nada que ofrecer, ni bueno ni malo, descubrir algo que hiciese aumentar un poco su ritmo cardíaco era todo un acontecimiento. Elena era la clase de persona que no sentiría nada si se encontrara de pronto con una montaña de cadáveres; se limitaría a sortearlos y continuar su camino. Eso demostraba un desequilibrio en su interior, algo así como si sus emociones no consiguieran llegar a sus terminaciones nerviosas. No obstante, el descubrimiento de algo que para ella era desconocido, es decir, la excitación, despertó en ella una especie de sed que de vez en cuando debía saciar. Pero esa sed, con el paso del tiempo, se hacía cada vez más difícil de aplacar. Para Elena era frustrante darse cuenta de que, a veces, la misma estimulación que se realizaba a sí misma acababa siendo aburrida. Siempre debía ir un paso más allá para encontrar satisfacción.

Y éste era uno de esos días. Retorcerse los pezones y el clítoris ya no era suficiente. Debía dar un pequeño paso más. Hizo una pausa para desabrocharse los demás botones del pantalón; luego, se lo bajó hasta medio muslo junto con las bragas. Separó las piernas lo que pudo y continuó frotándose, empapándose los dedos de la mano izquierda con fluidos vaginales mientras con la derecha se estrujaba los pechos con fuerza (luego tendría algunos hematomas, pero no le importaba). Se introdujo dos dedos en la vagina y empezó a sacarlos y meterlos con fuerza y rapidez. Así estuvo un rato, jadeando y con la mirada perdida. Luego, se llevó esos mismos dedos a la boca, degustando sus propios fluidos, succionándolos, lamiéndolos. Pero no era suficiente, así que se metió en la boca los dedos anular y meñique, de modo que sólo el pulgar quedaba fuera. Por algún motivo, llenarse la boca con su mano, estirando los labios, elevó un grado su excitación. Así estuvo durante algunos minutos, metiendo y sacando los cuatro dedos de su boca como si se tratara de su coño. Pero, claro, esto en sí no bastaba. Se sacó los cuatro dedos empapados de saliva, chorreantes, de la boca y se los metió de una sola vez en el coño. Soltó un gemido de dolor, pero también de placer. Aquello estaba mucho mejor. Mientras se penetraba a sí misma con los cuatro dedos, dejó de sobarse los pechos para meter los dedos de la mano derecha en la boca. Bien. Este nuevo modo de masturbarse, con cuatro dedos en la boca y otro cuatro en el coño, serviría para saciar su sed durante un tiempo.

Diez minutos más tarde, llegó ese estallido de placer inconmensurable, el apoteósico final que significaba el final de la sed, al menos durante un tiempo. Lo que comúnmente se conocía como orgasmo. Para ella, aquel éxtasis era siempre demasiado breve, pero nunca decepcionante. En aquellos tres o cuatro segundos, Elena se sentía viva de verdad. El orgasmo, cada vez más difícil de alcanzar, era el único momento en que la mente y el cuerpo de Elena estaban en perfecto equilibrio.

Luego, su cuerpo se relaja, las manos descasan, mojadas y fláccidas al lado de sus caderas, y cierra los ojos. Se queda así, inmóvil y satisfecha, durante un minuto, quizá dos. Tras ese tiempo, Elena vuelve a ser la fría, inescrutable y silenciosa chica de siempre. Se levanta, se pone la ropa bien y apaga el televisor. Va al baño para lavarse las manos y los dientes y luego se mete en su cuarto para hacer los deberes, estudiar, y en definitiva, realizar todas esas cosas que consideraba triviales y estúpidas. Para ella, el tiempo que pasaba desde el último orgasmo hasta la siguiente masturbación eran tan sólo minutos vacíos y fútiles.

 

3

Elena estaba tan ausente para Juan, metafóricamente hablando, como lo estaba para sus padres. Sin embargo, el sensible y vulnerable Juan no podía concebir que alguien fuese tan gélido y aislado como su hermana. Él creía que ella no debía ser tan fría como parecía, así que de vez en cuando trataba de entablar conversación con ella, a veces incluso la animaba a jugar a alguna cosa. Y Elena respondía siempre a cada pregunta, accedía a cada juego y era siempre correcta y educada. Pero cada uno de sus actos, de sus palabras y hasta sus escasas sonrisas eras siempre frías, impersonales, vacías. Si había una palabra que definiera a Elena, al menos de cara al público, sería ésa: vacía.

Juan, aunque nunca desistía, siempre acababa defraudado. En realidad, sentía otra cosa diferente a la decepción. Sentía miedo. Aquella carencia de emoción que su hermana parecía algo tan… inhumano. A veces le daba la impresión de que no estaba viva, de que era un zombie. Sin embargo, Juan insistía en involucrarla en sus juegos, siempre con la esperanza de verla sonreír de verdad. Quería a su hermana. Pero ese cariño era algo que había nacido por necesidad. Después de todo, Elena no había hecho nada para ganárselo. Pero el enfermizo Juan, el pálido y débil Juan, vivía un infierno en el colegio. Era la víctima predilecta de los matones, y su única arma contra ello eran las lágrimas y la clemencia. Y como la mayoría sabe, las lágrimas sólo son un aliciente para cierto tipo de gente, y la clemencia algo inexistente. Juan no tenía amigos. Sólo enemigos. Sus padres, tal vez, le habrían sabido dar algún consuelo, pero el trabajo les mantenía demasiado ocupados, y además, a Juan, como a muchos chicos en su situación, le avergonzaba la idea de dejarse consolar por sus padres. Él lo que quería era un amigo. Y lo más parecido que tenía a eso, era su hermana Elena.

Ese día, como tantos otros, cuando Juan llegó de lo que consideraba el infierno, Elena estaba encerrada en su cuarto, estudiando, o tal vez –así la había visto en alguna ocasión-, tumbada en la cama, boca arriba, con la mirada perdida en el techo, tan inmóvil como un cadáver. Juan, de camino hacia su dormitorio, que estaba al lado del de su hermana, la saludó a través de la puerta, sin llegar a abrirla.

-Hola, Elena, ya estoy aquí.

Al cabo de dos o tres segundos, la respuesta:

-Hola –y eso era todo.

Juan pudo oír el sonido de un bolígrafo escribiendo. Se metió en su cuarto, dejó la mochila en el suelo, y se tumbó en la cama. Aparecieron dos lágrimas en sus ojos azules. Pocos chicos de once años tenían que esforzarse como Juan para encontrar un motivo para vivir. Pocos había que de vez en cuando acariciaran la idea del suicidio.

 

4

Durante unos diez días, masturbarse con cuatro dedos metidos en el coño fue suficiente. Pero a partir de ahí, Elena sintió que eso ya no bastaba. Dos días después, empezó a meterse la mano entera, hasta la muñeca. Esto sirvió para saciarla durante casi quince días, pero también eso dejó de ser suficiente. Resultaba frustrante que cada vez que creía encontrar ese equilibrio que significaba el alcance de una plenitud vital, al cabo de un corto período de tiempo su cuerpo ansiaba más estímulo, una sobrecarga de excitación mayor.

Durante unos días, no supo qué hacer. Entonces, empezó a sentir curiosidad por su culo. En principio, fue algo instintivo. Se estaba masturbando, con la mano metida en el chorreante coño, y se llevó la mano que había estado lamiéndose y usando para manosearse los pechos a las nalgas. Primero se las acarició con suavidad. Eran suaves, redondas, tersas. Elena vistiendo un pantalón ceñido despertaría bastante el interés masculino. Sin duda, la parte más atractiva de su anatomía era su trasero. Los tres o cuatro kilos que le sobraban parecían haberse centrado en sus nalgas y caderas, lo cual sólo elevaba su sensualidad. Ello, unido a una cintura relativamente delgada, convertía su culo en una zona bastante voluptuosa. Además, también tenia unos muslos rellenos y bien torneados, proporcionados a sus nalgas y caderas. No obstante, su personalidad y su forma de vestir escondían sus encantos físicos, haciéndolos invisibles. Su rostro no era muy bello, pero aquella expresión vacía, como hastiada de todo, le restaban atractivo, y su cabello desarreglado tampoco ayudaba. De todos modos, Elena nunca había tenido el más mínimo interés en gustar al sexo opuesto y las opiniones ajenas le eran absolutamente indiferentes. Su única ambición era encontrar el modo de obtener un nivel de estímulo suficiente para saciar el apetito de su cuerpo, algo que, una vez más, encontraría a base de explorar su físico.

Se acomodó en el sofá, colocándose de costado, sin sacarse la mano del vagina. Así dispuesta, con el pantalón y las bragas en las pantorrillas, el suéter en el suelo, la blusa desabrochada y el sujetador subido, Elena continuó su masturbación. Pasó de acariciarse las nalgas a manoseárselas con creciente ansia, llenándose la mano con su carne, mientras la otra se movía en el interior de su coño. De nuevo había encontrado el equilibrio, y por fin el orgasmo sacudió su cuerpo, hizo estallar todos sus sentidos, la convirtió en alguien rebosante de vida durante unos segundos.

Pasaron pocos días antes de que su mano, que cada vez se movía más entre las nalgas que sobre ellas, centrase su atención en ese estrecho orificio. Al principio fue suficiente con ensalivarse un dedo y acariciarse el exterior del ano. Pero luego probó a meterse un dedo entero, alternando entre boca y ano para lubricar el orificio con saliva, sin mostrar ningún reparo a la hora de chupar el dedo que hurgaba en su culo. Aquello la encantó. El dedo en su ano parecía potenciar la sensibilidad de su coño, de modo que el puño con el que se penetraba volvía a ser de lo más efectivo. Durante dos meses, un dedo en el ano garantizaba un orgasmo. Le cogió tanta afición, que pasó de masturbarse una vez al día a hacerlo varias veces. Cuando llegaba del instituto ya era una rutina casi sagrada, pero también lo hacía cuando se duchaba y sobre todo, por las noches, antes de dormirse (cosa que ya hacía antes, cuando no tenía clase).

Dos meses más tarde, eran dos los dedos que exploraban el interior de su ano, y esto tuvo resultados tan satisfactorios, que no tuvo que avanzar ningún paso más en su búsqueda de placer durante más de cuatro meses. Para entonces, ya estaban, ella y su hermano, en vacaciones de verano. Elena había cumplido dieciséis años y Juan pronto cumpliría doce.

En agosto el calor era asfixiante, pero Elena lo agradecía, porque el sudor de su cuerpo ayudaba a la lubricación de su ano. Por esta época, empezó a penetrarse analmente con tres dedos. Era una gozada. Para ella ningún miembro de su familia existía, sólo el placer que se daba a sí misma. No se enteraba de las depresiones de su madre, que cada vez soportaba menos su trabajo, ni de la amargura de su padre, que se sentía como atrapado en unas arenas movedizas, ni de la tristeza de su hermano, cuya motivación para seguir viviendo con su soledad y la infelicidad de sus padres a veces era demasiado efímera. Nada de eso importaba. Sólo su placer. Sólo su equilibrio.

Hacia finales de septiembre, Elena empezó a meterse los cuatro dedos de su mano derecha en el culo. Elena estaba en el paraíso mientras su familia pasaba un infierno.

 

5

Elena empezó un nuevo curso con la misma indiferencia de siempre. El único cambio importante era que alguna vez se sorprendía a sí misma (es una forma de hablar, pues ella nunca se sorprendía de nada) imaginando cómo sería sentir la lengua de alguien hurgando en su culo. Le habría gustado tener la flexibilidad de una contorsionista para poder lamerse su propio ano. A veces, miraba a algún compañero o compañera de clase y se imaginaba a sí misma lamiéndoles el culo, metiéndoles la lengua todo lo que pudiera, pero en principio, esto no le llamaba especialmente la atención.

Pasaron las vacaciones de Navidad. Llegó el año 2000. En febrero, la madre de Elena y Juan sufrió un infarto. Murió en el acto. Edelmiro quedó destrozado. Juan llegó a un punto de desesperación tal que hubo un momento en el que se acarició las venas de la muñeca con una cuchilla de afeitar, pero no se atrevió a ir más allá y se pasó todo el día llorando por su madre y por su cobardía.

Para Elena todo aquello era un incordio. Demasiada gente extraña entraba y salía de casa: los de la funeraria, familiares que nunca les visitaban, vecinos cotillas. Le restaban intimidad, le impedían aplacar su sed de placer. Aparte de eso, la muerte de su madre no la perturbó de ninguna manera. Se quedó encerrada en su cuarto, hastiada por tanto alboroto. Cuando por fin se llevaron el cuerpo de su madre, volvió la tranquilidad a la casa. En el cuarto de al lado le parecía oír sollozar a su hermano. Su padre se dedicaba a dar vueltas de un extremo al otro del pasillo. Finalmente, cuando ya se había puesto el sol, Edelmiro tocó a la puerta de su hija y la abrió para decirle que saldría un rato. Elena asintió. Unos minutos después, se oyó el coche de Edelmiro. Elena se preguntó por qué su padre y su hermano se complicaban la vida de aquella manera. Era un hecho que todo el mundo tenía que morir tarde o temprano. Amargarse por eso no haría que nadie resucitase. No dedicó mucho tiempo a estas cuestiones; se levantó de la cama y se sentó frente al escritorio para estudiar un poco para un examen que tendría la semana siguiente.

Aproximadamente media hora después, alguien abrió la puerta del dormitorio. Se trataba de Juan, claro. No había nadie más en la casa. Elena le miró, interrogante. Era raro que Juan entrara sin llamar. El chico tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas y no parecía que hubiera terminado. Ofrecía un aspecto muy abatido. Parecía más pálido y vulnerable que nunca.

-¿Qué pasa? –le preguntó ella, con frialdad.

A Juan se le deformó la cara por el nuevo llanto que se avecinaba y corrió hacia su hermana. La abrazó con fuerza, para asombro de Elena, que no recordaba que la hubieran abrazado nunca (ni nunca había sentido necesidad de ello). Juan empezó a sollozar con fuerza, llorando en su hombro y abrazándola con tanta fuerza que a ella le costaba respirar. Elena supuso que debería decir algo, pero no se le ocurrió qué, así que se limitó a darle unas impersonales palmadas en la espalda.

-Ya no sé qué hacer –murmuró Juan entre sollozos, con la cara pegada al hombro de su hermana-. Me siento demasiado solo… A veces creo que me gustaría morir para dejar de sufrir. Me gustaría sentir que alguien me quiere, que alguien me necesita. ¿Qué voy hacer ahora? ¡Ayúdame, ayúdame, Elena!

Y continuó llorando. Aquellas palabras, aún más terribles por estar diciéndolas un niño de doce años, no conmovieron lo más mínimo a Elena. En realidad, apenas le escuchó. Como siempre, ella estaba más atenta a sí misma que al resto del mundo. Fue consciente de que su hermano, en su desesperación, se había situado entre las piernas de ella y la apretaba contra su cuerpo con mucha fuerza, aplastándole los senos. Notó que Juan prácticamente tenía una rodilla apoyada en su ingle y Elena movió levemente la cadera para sentir esa presión justo en su vagina. Soltó un jadeo. De pronto, el histerismo de su hermano pasó de ser tedioso a resultar muy oportuno. Elena rodeó con los brazos a Juan y se puso a acariciarle la espalda, tirando un poco de él para que la presión en la vagina aumentase. Era delicioso.

Juan, creyendo que por fin había llegado al corazón de su hermana, sintió renacer la esperanza. Tal vez encontraría por fin alguien que le diese el cariño que ansiaba. Esto calmó un poco sus sollozos, pero no debilitó su abrazo, al contrario, quería retener a su hermana mientras ésta se encontraba en lo que él consideraba un "momento tierno".

Elena extendió sus caricias más allá de la espalda; primero empezó por subir la mano hasta el cabello de él, sintiéndolo cubierto por un leve sudor frío, nacido de la desesperación. Tras dos o tres caricias así, su mano iba de la nuca de Juan hasta sus nalgas. Como veía que Juan, en su entusiasmo, no se daba cuenta de por donde se movía la mano de su hermana, ella dejó de acariciarle la espalda para mover las dos manos exclusivamente por el culo de su hermano, aunque lo hacía con suavidad.

-Elena –dijo él, de pronto, todavía con la cara pegada a su hombro-. ¿Me quieres?

Ella sonrió. No fue una sonrisa de ternura.

-Sí –contestó.

Juan la besó en la mejilla.

-Gracias –le dijo-. Creo que ahora podré soportar lo de mamá.

A ella todo eso le daba igual. Sólo había una cosa que le importara de su hermano, y era que podía utilizarlo. Le puso ambas manos en la cara y la separó de la suya unos centímetros. A Juan le sorprendió un poco la extraña mirada de su hermana, como si estuviesen hambrientos; además, tenía la boca entreabierta y jadeaba, como si hubiese hecho algún ejercicio. En su inocencia, Juan creyó que Elena estaba aguantando las ganas de llorar.

-Yo también quiero besarte –dijo ella.

Al escuchar esas palabras, Juan se sintió feliz… al menos, hasta que comprobó lo que Elena entendía por besar. Él esperaba un leve beso en la mejilla. Ella se lanzó a por su boca, le chupeteó los labios, se los mordió, se abrió paso hacia el interior con la lengua y le lamió la suya, todo esto al mismo tiempo que estrujaba sus nalgas con desesperación, hasta el punto de hacerle daño. Cuando separó su boca, ambos tenían los labios empapados de saliva. Juan estaba demasiado confuso para asimilar lo ocurrido, mucho menos para comprenderlo.

Elena se puso en pie, obligando a su hermano a imitarla, y sin dar explicaciones, le llevó hacia la cama con brusquedad, en donde lo tumbó de un empujón. Aunque hubiera tenido la voluntad de resistirse, el flaco y débil Juan poco podría hacer contra su hermana.

-Qué… Qué… -fue lo único que consiguió balbucear, a duras penas, todavía sin comprender lo que sucedía.

-Éste es el único cariño que sé dar –se dignó a explicar Elena, mientras se quitaba la ropa-. Ahora papá no está en condiciones de atender a nadie, así que sólo me tienes a mí. –Al igual que un depredador, Elena veía las debilidades de su presa-. Si me aceptas, tendrás todo el cariño que necesites. Si no, sólo recibirás desprecio, y tu única salida será la muerte.

En cualquier otro momento, incluso antes de la muerte de su madre, las palabras de Elena afectarían en gran medida a Juan, pero en su estado mental actual, confuso por la actitud de su hermana, tan reciente la profunda herida que supuso la muerte de su madre y lo cerca que estuvo de poner fin a su vida, todo ello unido a las dentelladas verbales de su hermana habían terminado de destruir todas sus defensas mentales. Por si esto fuera poco, Elena lanzó el golpe de gracia.

-Si me apartas de tu lado, estarás siempre solo.

La cara de puro pánico que puso el atormentado chico fue señal suficiente para hacerle saber a Elena que no encontraría resistencia por su parte. Ahora Juan era suyo, pero necesitaba una prueba de ello, aunque a esas alturas, Elena estaba dispuesta a someterlo aunque fuera recurriendo a la violencia.

-Si lo has entendido, quítate toda la ropa.

Juan la miró. Elena sólo llevaba puestas unas bragas blancas. Con una sonrisa despiadada, cruzó los brazos sobre el pecho desnudo, apoyó la espalda en la pared y esperó.

Juan todavía no entendía del todo qué pretendía su hermana con todo aquello –o más bien, su cerebro se negaba a entenderlo-, pero sí comprendía una cosa: sólo tenía dos opciones, dejar que la soledad acabase con él, o aceptar las condiciones de su hermana para así recibir aquello que ella llamaba cariño. Aquel cariño que Elena le ofrecía era su único salvavidas en medio de su tempestad, y Juan, como cualquier ser humano, deseaba sobrevivir. Así que, para alegría de su hermana, Juan se levantó de la cama y comenzó por quitarse los deportivos, y luego, despacio y tembloroso, con las lágrimas inundando sus ojos, se quitó toda la ropa a excepción de los calzoncillos. Luego, se abrazó el escuálido torso y esperó.

-Muy bien, hermano –dijo Elena, babeando al verlo a su merced-. Pero todavía falta algo.

Juan la miró, suplicante.

-No querrás que te deje solo –fue la reacción de ella, que disfrutaba jugando con su hermano.

Juan se estremeció, y tras unos segundos de dudas, decidió que soportaría todo lo que hubiese que soportar a cambio de que su hermana no le dejase solo nunca. Para él, fue como un pacto hecho con Dios –o con el diablo-. Con torpeza, debido a sus manos temblorosas, Juan se bajó los calzoncillos, quedando desnudo por completo. Elena miró su pequeño pene –el primero que veía en su vida-, y se relamió los labios, aunque en ese momento no era su polla lo que le interesaba.

-Bien –dijo, acercándose a él.

Le puso las manos sobre los hombros e hizo que diese una vuelta sobre sí mismo, para examinarlo por delante y por detrás. Silenciosas lágrimas resbalaban por las mejillas del chico.

-No llores, hermano –le dijo ella-. De ahora en adelante, no te dejaré solo. Ya verás lo bien que te consuelo. Pronto te olvidarás de mamá.

Para Elena, había llegado el momento de dejar la cháchara y pasar a los hechos. Agarró la cara de su hermano, hundiendo los dedos en sus mejillas para que separara los labios y le besuqueó toda la boca, moviendo la lengua por su interior y chupándole los labios. Luego le empujó hacia la cama para que se tumbara, se puso a horcajadas sobre él y continuó chupeteándole los labios mientras restregaba el coño contra uno de sus muslos. Se sentía más excitada que nunca, notaba el coño mojadísimo, totalmente encharcado; tan excitada estaba que notó que se iba a correr. Rápidamente, se puso en pie sobre la cama, se sacó las bragas, situó el coño a pocos centímetros del rostro de su hermano, colocando una rodilla a cada lado de su cabeza y comenzó a frotarse con violencia la vagina, hasta que uno de los orgasmos más intensos de todos cuantos había experimentado sacudió su cuerpo, obligándola a soltar unos cuantos gemidos agudos, y los líquidos vaginales productos del orgasmo empaparon el rostro de Juan, cuya inocencia, a esas alturas, era tan sólo un animalillo despellejado.

Elena descansó unos segundos, con el encharcado coño apoyado en el rostro de Juan, que casi no podía respirar. Elena estaba todavía demasiado excitada como para que un orgasmo la detuviese; sentir la respiración de Juan en su vagina sólo aceleró su recuperación. Tal como estaba, sujetó la cabeza de su hermano con las manos y empezó a restregar el coño por toda su cara, embadurnándola de fluidos vaginales. Luego, se apartó para lamerle las mejillas, saboreando sus propios líquidos, acumulando en su boca una mezcla de saliva y fluidos que luego depositó en la boca de su hermano, obligándole a tragarlo. Después, descendió, frotando los pequeños senos por el vientre de Juan, hasta llegar al fláccido pene. Tras dedicar unos momentos a observar el primer pene –real- de su vida, Elena se lo metió en la boca y lo chupó y lamió durante un rato, un poco decepcionada porque Juan no se excitaba, aunque tampoco le daba importancia ya que todo aquello sólo era el preludio de lo que realmente deseaba hacer. Pasó a sopesar con su lengua los testículos, chupó uno, luego otro. Juan lloraba en silencio por vergüenza y por culpabilidad, pues lo que le hacía su hermana no le resultaba tan desagradable como debería.

Por fin había llegado el momento que Elena llevaba retrasando con la intención de disfrutarlo más y mejor. Se puso de rodillas al lado de su hermano y le ordenó que se pusiese boca abajo. Él obedeció. Elena se pasó la lengua por los labios, se echó los largos cabellos negros hacia atrás con las manos (aunque no tardaron en volver a su posición original), se colocó sobre Juan a horcajadas y comenzó a pasar la lengua por la espina dorsal de su hermano. Juan se estremeció por los cosquilleos. Cuando la cálida y húmeda lengua de su hermana descendía por los riñones, Juan empezó a sospechar a dónde pretendía llegar Elena. La sospecha quedó confirmada cuando su hermana apoyó ambas manos en las flacas nalgas de Juan y las separó todo lo que pudo al tiempo que su lengua recorría la línea entre ambas, hasta llegar al ano. Juan se resistió un poco, aunque sin convicción. Elena le mordió una nalga con la suficiente fuerza para que él soltase un gritito.

-La próxima vez será mucho más fuerte –amenazó ella, y añadió-: No te preocupes, te gustará –aunque, en realidad, le daba igual.

Juan tuvo la mala idea de imaginarse que su madre le veía en aquella situación. Eso le hizo sentirse enfermo y provocó más lágrimas. Debía recordar que su madre ya no estaba, que su padre parecía demasiado absorto en su dolor para acordarse de él, y que sólo tenía a su hermana. Se concentró en no pensar y sólo sentir. La lengua de Elena pasaba sobre su ano en amplios lametones, a veces recorría el contorno con la punta. A pesar suyo, Juan se dio cuenta de que los cosquilleos que sentía no le eran tan desagradables.

Siguiente fase. Elena apartó la cara del culo de su hermano, lo agarró por la cintura y tiró de él hacia arriba para que pusiese el trasero en pompa; hecho esto, volvió a meter la cara entre sus nalgas, pero esta vez totalmente centrada en taladrar el ano con la lengua, empujando milímetro a milímetro. Juan, con la cara pegada a la almohada, apretaba los dientes y los puños con fuerza, luchando contra un placer del que se avergonzaba. La abundante saliva que segregaba Elena descendía entre las nalgas de Juan, desembocando en sus testículos. Elena consiguió introducir la lengua en el recto de su hermano lo máximo posible, y ahora hurgaba y culebreaba con auténtico apetito, al tiempo que sus manos estrujaban con violencia las delgadas nalgas, y Juan acabó por empezar a emitir involuntarios gemidos de placer. Elena extendió sus manoseos hacia los genitales de su hermano, y se sorprendió gratamente al descubrir la erección. Si dejar de remover la lengua dentro del ano de Juan, con más ansia si cabe, empuñó la endurecida polla y comenzó deslizar la mano arriba y abajo, manteniendo un ritmo regular. Escasos minutos después, Juan eyaculó chorros de semen que se estrellaron contra el edredón, y con el orgasmo vino la conciencia de lo que había hecho. Era innegable que Juan había disfrutado con la perversión de su hermana, y eso le arrancó lágrimas de culpabilidad.

Haciendo caso omiso de los sollozos de su hermano, Elena apartó la cara de su culo –no sin cierta reticencia- y observó el esperma, medio absorbido por la tela del edredón. Era la primera vez que lo veía, aunque ya sabía lo que era.

-Te dije que sabría consolarte –dijo, con una leve sonrisa, enjugándose la saliva que mojaba su barbilla y mejillas con una mano.

Luego, se inclinó para lamer el semen, que contuvo en su boca, sin llegar a tragarlo. Hizo que su hermano, que continuaba llorando en silencio, se pusiera boca arriba de nuevo para colocarse sobre él y verter el semen mezclado con su saliva sobre su cara. Juan hizo una mueca de asco, aunque no se resistió. Con una sonrisa que recordaba a un lobo hambriento, Elena se dedicó a esparcir por toda la cara de su hermano la viscosa sustancia, como si le estuviese poniendo una mascarilla. Luego, le besuqueó la boca, centrándose sobretodo en chupetear los labios, succionándolos y a veces mordiéndolos y estirándolos.

Era la primera vez que Elena mantenía su equilibrio interior durante tanto tiempo. Aquello confirmaba que su decisión de convertir a su hermano pequeño en su juguete sexual era la acertada.

-Qué haría yo sin ti –dijo, y en su tono había una sinceridad que Juan no dejó de percibir. Y la sensación de que su hermana le necesitaba le hizo sentir una extraña calidez en el pecho. Por primera vez desde que Elena inició aquella locura, Juan pensó que quizá podría soportarlo si la recompensa era ser necesario para alguien. Esta esperanza tuvo la virtud de terminar con sus lágrimas.

Elena se dio cuenta del cambio en la expresión de su hermano, y comprendió a qué obedecía. Decidió fortalecer la esperanza de Juan, ya que eso la beneficiaba.

-Muchas gracias, hermano –dijo, utilizando un tono afectuoso-. Sin ti mi vida sería… -buscó la palabra adecuada- incompleta. Debes saber que te necesito.

Aquellas palabras surtieron más efecto que los chantajes emocionales anteriores, y en ese momento, Juan amó a su hermana, aunque se sintió algo confuso cuando Elena, sin abandonar su expresión a medio camino entre la ternura y la lascivia, se puso en cuclillas sobre su cara, colocando los pies a cada lado de su cabeza, y al cabo se encontró con el chorreante coño de su hermana ante sus ojos. Elena se separó sus carnosas nalgas y situó su ano a menos de dos centímetros de la boca de su hermano, y con el mismo tono afectuoso de antes, pidió:

-Y ahora, hermano, demuestra que me quieres y hazme lo mismo que yo te hice a ti.

Juan dudó, pero unos instantes después, titubeando, rozó con la punta de la lengua el ano de su hermana.

-Con más ansia, con todo tu cariño –dijo ella, entre jadeos, bajando el trasero hasta que su ano hizo contacto con los labios de Juan-. Lámeme, hermano. Hazlo y estaremos unidos para siempre. Nunca estarás solo. Ni yo tampoco. Seremos uno. Sólo tienes que lamer. Sólo tienes que adorar mi culo; ámalo…, devóralo…, y siempre me tendrás para ti.

Las palabras de Elena eran como relleno para los vacíos en el alma de su hermano, y éste, dejándose imbuir por la lujuria de su hermana, permitiendo que su mente creyera ciegamente en cada una de sus promesas, Juan empezó a mover la lengua con desesperación, buscando traspasar aquel orificio, buscando la unión definitiva con su hermana. Cuando la lengua empezó a moverse en el interior del ano, con tal frenesí que parecía querer destrozarle el intestino, Elena sintió oleadas de intenso placer que le arrancaron de la garganta una retahíla de agudos gemidos. Dejó de estrujarse las nalgas para apoyar las manos en la cabecera de la cama, al tiempo que movía en círculos las caderas, restregando el culo contra la boca de su hermano. Tuvo un orgasmo que la estremeció de pies a cabeza, pero ni ella se apartó de su posición, ni Juan dejó de mover la lengua sin disminuir la intensidad, de hecho, totalmente contagiado por la lujuria de su hermana, estrujaba con sus manos las voluptuosas nalgas, enrojeciéndolas con la fuerza de sus dedos.

Mediante una enorme fuerza de voluntad, Elena se apartó de la cara de su hermano, y sin duda habría quedado satisfecha si hubiera visto la expresión de decepción que le quedó Juan. Pero Elena, en esos momentos, tenía todos sus sentidos centrados en una única misión: superar todos los límites de placer que su cuerpo pudiese aguantar. Sonrió al ver la polla erecta de su hermano y se colocó a cuatro patas; miró hacia Juan por encima del hombro y meneó el voluptuoso culo.

-Ven, hermano. Demuéstrame lo mucho que me necesitas. Fóllame con todas tus fuerzas, y cuanto más fuerte me la metas, más unidos estaremos.

La voz de la conciencia trató de hacerle entrar en razón en un último esfuerzo, pero Juan la ignoró, ciego y sordo a cualquier otra cosa que no fuese unirse a su hermana y dejar atrás para siempre la soledad. Se puso detrás de ella, con la mirada fija en el culo que su lengua había penetrado, pero aquello era nuevo para él y se quedó algo desconcertado, sin saber muy bien qué hacer. Elena, dándose cuenta, le ayudó. Extendió un brazo hacia atrás para sujetar una mano de Juan y situarla sobre su cintura.

-Venga –le dijo-, sujétame bien por la cintura y hunde tu polla en mi culo. Haz que grite de amor por ti. Seamos uno… follando.

Juan, ahora que tenía más claro que lo tenía que hacer, apoyó el glande contra el ano de su hermana, hundió los dedos en la carne de su cintura y taladró el recto lubricado por su propia saliva. Aunque aquel culo había albergado hasta cuatro dedos de Elena, ésta, sensibilizada por los orgasmos y la novedad de ser sodomizada por una polla por primera vez, se sintió elevada hasta el espacio. "Haz que grite de amor por ti", había dicho ella, y a Juan se le había quedado grabada esa frase. Empezó a embestirla con toda la saña que fue capaz, y los agudos gemidos de Elena eran música para sus oídos. Los múltiples choques del pubis de Juan contra las nalgas de Elena sonaban como palmadas, acompañadas por un sonido líquido; la carne de Elena temblaba, desde los sensuales muslos hasta los pequeños pechos; ella, con los cabellos echados sobre su cara, gemía con cada embestida, los ojos cerrados, la saliva colgando de su barbilla. Sus cuerpos y mentes, llevados a un estado de necesidad básica, estaban en perfecta consonancia, y esto se repetiría a lo largo de los años.

Un orgasmo sacudió el cuerpo de Elena, y como si las vibraciones de su éxtasis influyesen en el cuerpo de Juan, éste también se corrió, con un gruñido animal, invadiendo con su semen el ano de su hermana. Ambos se derrumbaron, él sobre la espalda de ella. Así se quedaron durante varios minutos, jadeantes, agotados. Luego, Juan rodó hacia un lado y Elena le puso una mano en el pecho, y se lo acarició con suavidad.

-Nunca más estarás solo –le prometió en un susurro. Luego, Elena se levantó y fue al cuarto de baño para ducharse, sonriendo al sentir el esperma de su hermano deslizándose por la cara interna de sus muslos.

Juan lloró en silencio. No sabía qué pensar. No sabía si todo aquello estaba bien o no. ¿Qué diría su madre si los hubiera visto? ¿Y si los había visto desde dónde estuviera ahora? Juan sacudió la cabeza para dejar de lado estos pensamientos. Lo que habían hecho era una manera mucho más profunda e íntima de dar y recibir amor. Habían unido almas y cuerpos hasta convertirse en uno. ¿Y no era ése el verdadero amor, una total entrega mutua?, se preguntó su cerebro ávido de justificaciones. Sí, eso era. Él se entregaría en cuerpo y alma a su hermana, y ella lo apreciaría y haría lo propio, tal como acababan de hacer. Ése era el camino que le salvaría de la oscura y fría soledad. Así debía creerlo. Y así lo creyó.

 

6

Edelmiro llegó a casa sobre las once de la noche. Todo estaba a oscuras y supuso que sus hijos ya estarían durmiendo. Arrastraba los pies al andar y su aliento apestaba a alcohol. Entró en su dormitorio y se dejó caer en la cama, vestido tal como estaba. Dedicó algunas lágrimas a su esposa muerta, y luego la borrachera le ayudó a caer un profundo sueño.

En el dormitorio de Elena, ésta, sin preocuparse mucho por la llegada de su padre, continuó chupándole el miembro a su hermano, a veces metiéndosela hasta la garganta, al tiempo que movía uno de sus dedos dentro del ano que había estado lamiendo hacía unos minutos. Mientras, Juan, situado debajo de Elena en posición opuesta, tenía cuatro dedos de una mano metidos en el culo de su hermana y la boca ocupada en chupetear el dilatado clítoris.

A partir de entonces, Juan y Elena se acostaban cada noche en la misma cama, ya fuese en el dormitorio del uno o de la otra. Edelmiro, que siempre se marchaba al trabajo antes de que ellos se levantasen y volvía cuando ya se habían acostado, nunca llegó a enterarse. A esto ayudó el hecho de que desde la muerte de su mujer utilizaba el alcohol como válvula de escape, y los días que no trabajaba llegaba incluso más tarde y se levantaba hacia el mediodía para rondar por la casa como un alma en pena, ajeno a todo lo que le rodeaba, enfocando las últimas fuerzas de su espíritu en ganar un sueldo para alimentar a los hijos que para él eran poco más que sombras. Para los dos hermanos, la presencia del padre también acabó por carecer de relevancia. Ellos se tenían el uno al otro. Juan necesitaba a Elena para llenar los negros huecos de su corazón, para escapar de la soledad, la culpa, el suicidio; cuando se veía obligado a estar separado de ella por culpa de las clases, la mente de Juan se convertía en un torbellino que le arrastraban cada vez más cerca de la locura. Necesitaba a su hermana, necesitaba follar con ella el máximo de tiempo posible para impedir que su cerebro se destruyese a sí mismo. Elena también dependía por completo de su hermano; el sexo con él era el único modo infalible de alcanzar su equilibrio y, dado que follaban con bastante frecuencia, conseguía mantenerlo durante un tiempo continuo. Elena se hizo más expresiva cada día, y los compañeros y profesores del instituto eran capaces de advertir algún cambio en ella; no obstante, Elena seguía ignorando todo lo que había a su alrededor, ahora más que nunca, ya que cuando no follaba con Juan, no hacía más que pensar en cómo sería la siguiente sesión de sexo.

Las sesiones más intensas y agresivas que tenían se daban cuando Juan regresaba del colegio, tan ansioso por apartar los fantasmas de su mente como Elena de restaurar su equilibrio. Se arrancaban la ropa a tirones, semejaban más dos animales salvajes peleando que dos personas en un momento de pasión, se lamían, se chupaban, se mordían, se manoseaban, se arañaban, se poseían; jadeaban, gemían, gritaban; probaban todos los límites, forzaban su resistencia. Luego, cuando terminaban, recubiertos de sudor y fluidos de ambos, el cuerpo dolorido, reducidos a dos guiñapos, se miraban, reían con cansancio, se abrazaban, se besaban con ternura.

Y en definitiva, estos dos hermanos habían logrado compensar aquellas carencias psíquicas que les impedían adaptarse a sus propias existencias lanzándose en una espiral de lujuria desbocada, alcanzando una fusión a nivel físico y espiritual que les hacía depender el uno del otro, cierto, pero que también les aseguraba su felicidad personal, al menos mientras pudiesen estar juntos. Y lo habían conseguido en el momento más caótico de sus vidas, en un momento en el que otros se habrían hundido, cuando el mundo que les rodeaba se había quebrado en pedazos.

FIN



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